Presentación

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viernes, 13 de diciembre de 2013

Informe PISA y cohesión social


Hace unas semanas se publicaron los resultados del informe PISA 2012 por comunidades autónomas. Un primer análisis me dejó desconcertado. Me sorprendió la dispersión de los resultados y la falta de una tendencia clara, que permitiera explicar las causas de estas diferencias. Aunque las comunidades “ricas” parecían obtener mejores resultados, había excepciones significativas. Ningún criterio era obvio, y por  eso me decidí a investigar por mi cuenta.

Calculé el promedio de la “nota” del informe en las tres categorías (comprensión lectora, matemática y científica)) y lo contrasté con los datos de renta per cápita

 
 
Como intuía la renta proporciona un  índice de correlación bajo (0,47). O sea, ser más rico no asegura mejores resultados.
Traté de analizar el gasto de cada CCAA en educación, utilizando los datos del Observatorio Social de España, y los del INE. Sume los gastos por autonomía de hasta 2011 respecto a los  habitantes. Los resultados fueron frustrantes (R2< 0,1). Tuve de dar la razón al Ministro Wert. Mayores gastos no implican mejores resultados. Me temo que la falta de rendimiento en resultados, se debía al mal uso de esos fondos y/o a una nefasta gestión, pero me faltaban datos para analizarlo.
Quizá los resultados dependían del modelo de desigualdad social en que se desarrollaba la etapa educativa. Comparé los datos EUROSTAT del porcentaje de población en riesgo de exclusión respecto al promedio de la “nota del informe PISA”, y “voilà” la correlación arrojaba un índice de 0,76.
 
 
 
Esto demostraba que los resultados en Educación están íntimamente relacionados con la cohesión social. Aquellas CC.AA. en la que existe más pobreza, con más ciudadanos en riesgo de fracaso vital son más susceptibles a los malos resultados educativos.
Como en tantos otros aspectos de nuestra vida en sociedad, el éxito no consiste en que unos pocos progresen mucho, sino en que nadie se quede fuera. Para progresar se requiere una sociedad cohesionada, con oportunidades para las personas, pero también con garantías para los más desfavorecidos.
 

viernes, 8 de noviembre de 2013

Educación para la ciudadanía


Este era el título de una polémica asignatura, cuyo objetivo era educar para ser “buen ciudadano”. En este artículo voy a reivindicar la necesidad de más educación para toda la ciudadanía, en otra perspectiva educativa, más amplia y acorde con los tiempos.
Hagamos un breve análisis de la situación socioeconómica en España, destacando algunos puntos claves:

Con esta perspectiva, parece claro que el modelo productivo y la cualificación educacional no están acordes ni son compatibles. En este sentido, el consenso de los expertos es amplio.

Como salida de la crisis, muchos abogan por la necesidad de  incrementar el emprendimiento y la innovación en las empresas, y en toda la sociedad. Yo estoy de acuerdo con ambas posturas, porque como he indicado en otros posts, son dos actitudes acordes con los valores hacker de  libertad, pasión y creatividad. Pero para conseguir ese cambio de actitud en la sociedad, primero se debe desear colectivamente, (es más efectivo tratar de conseguir algo porque se quiere, no porque se debe). Y para ello no existe ningún driver mejor que la educación, tanto para abrir nuevos horizontes en las mentes, como para adquirir la capacitación necesaria modificar el comportamiento de la sociedad.

Es unánime que la educación de nuestros niños y jóvenes debe mejorarse. Y eso debe realizarse a través de una ley de educación dónde se escuche a los expertos, y se incorporen las mejores prácticas de otros países con éxito probado. Pero olvídense de LOGSES y LOMCES… En el mundo actual, de cambios vertiginosos y con una sociedad de millones de excluidos laborales, la educación debe ser continua y de acuerdo a la que el ciudadano demande durante toda la vida. ¡¡La educación debe ser para la ciudadanía!!. Las personas tenemos derecho a reinventarnos si lo deseamos, sin estar sometidos y encasillados en una vida que no nos apasiona. Por eso, desde las instituciones deben facilitarse los medios para que todos podamos conseguirlo, en función de nuestras capacidades.

Además de la formación de base, hay que incrementar y mejorar otros dos aspectos educativos:
  • La formación profesional.
  • La educación de adultos.

La formación profesional.

Y me refiero aquí a la formación durante y para el ejercicio de una profesión, no a los planes educativos. Las políticas de formación profesional están ejecutadas por la Fundación Tripartita para la Formación en el Empleo. Esto hace, que los cursos y objetivos educacionales sean marcados por sindicatos y empresarios, pero en contadas ocasiones se cuenta con el trabajador, sus intereses y/o necesidades.  Así han surgido distintos escándalos de desvío de fondos  y contratación de “amiguetes” para realizar la formación en las empresas. El fracaso de dichas políticas es evidente ante la situación de  descompensación entre las necesidades laborales y las capacidades adquiridas por los trabajadores.

Para mejorar la situación  se deberían tener en cuenta los siguientes aspectos:
  • La implicación de los ciudadanos en la definición de los programas. Son las personas quienes deben adquirir los conocimientos, y por tanto los que mejor conocen sus propias necesidades.
  • El balance de la oferta formativa entre las necesidades empresariales y las perspectivas de evolución del modelo productivo. Es decir, se debe ofertar para cubrir necesidades actuales y futuras.
  • La implicación de expertos de distintas áreas para la creación de una formación profesional multidisciplinar.
  • El incremento de formación en conocimientos de gestión y habilidades directivas. Porque el cambio de modelo productivo y un aumento del emprendimiento requiere de conocimientos (planificación, contabilidad, marketing,…) y de habilidades (gestión del riesgo, de equipos humanos,…), que van más allá de las capacidades técnicas.
  • Ligar la formación a desempleados con periodos de formación en empresas, adecuadamente remunerados.
  • Dotar a los trabajadores de un fondo propio de formación (tanto con dotación económica como temporal en horas/año) para su libre disposición, de forma que la utilicen según sus necesidades e intereses. 
Fondos dedicados a Formación profesional para empleo en 2012
 
La educación de adultos.
Pero la educación de los ciudadanos no puede quedarse en el ámbito puramente profesional. Primero, porque una sociedad sana debe ser una sociedad educada y con criterio, lo que conlleva un continuo aprendizaje. Las tecnologías y los cambios vertiginosos de la sociedad obligan a un continuo reciclaje, a una reinvención de formas de ver y actuar ante el mundo. La era de la información ha dejado aparcados a muchas personas, que no han adquirido ni siquiera el rango de “inmigrantes digital”.  Pero además, muchos ciudadanos no han recibido la adecuada formación en su etapa  formal, ni esta estaba orientada a la interactuación con la sociedad. ¡¡A cuantos nos hubiese facilitado la vida un reciclaje en Derecho o Economía para hablar con Bancos, con la Administración o para hacer la declaración del IRPF!!. Incluso aunque algunas de estas capacidades formasen parte de los planes de formación, deberíamos tener mecanismos para adaptarnos a nuevos cambios.
Pero además, la ciudadanía debería tener la facilidad de ampliar sus conocimientos, de reinventarse, de emprender nuevos caminos que le permitan vislumbrar un horizonte distinto. Eso es lo que permite evolucionar a la sociedad y un progreso real de sus ciudadanos. Solo la riqueza espiritual que aporta una educación total, puede abrir paso a nuevas formas de riqueza material, socialmente equitativa y sostenible.
Por todo ello, reivindico una educación integral, continuada, y de fácil acceso por parte del ciudadano. Es decir, más que educación, necesitamos un acceso libre al conocimiento, demandado de abajo hacia arriba, desde el ciudadano al Estado y no al contrario.  Porque sólo así nos libraremos de viejos esquemas mentales y seremos capaces de encontrar soluciones a los nuevos retos que se avecinan.